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Nueva Orleáns, donde el huracán Katrina aún hace estragos

El caso Nueva Orleáns es un ejemplo exacto de ello porque el hundimiento de la ciudad no fue en realidad un desastre natural sino que resultó en verdad del abandono sistemático de la esfera pública en respuesta a la instrumentación de una ideología bien definida.

Cinco días antes de la Navidad cristiana de 2007, policías de Nueva Orleáns, armados de pistolas eléctricas y aerosoles de gases lacrimógenos reprimieron airadas protestas de familias damnificadas por el huracán Katrina en 2005, cuando pretendían entrar en el Palacio Municipal de la ciudad, donde se efectuaba una reunión en la que se habría de aprobar la demolición de las humildes viviendas públicas en que habitan.

Los manifestantes, muchos de los cuales fueron arrestados, denunciaban que se trataba de una acción racista del Ayuntamiento, porque prácticamente la totalidad de ellos son ciudadanos de ascendencia africana.

El proyecto de demolición de cuatro mil quinientas viviendas de propiedad pública arrendadas a familias pobres que fueron afectadas por el ciclón Katrina, fue poco después aprobado por la unanimidad de los votos de los siete integrantes del Concejo municipal de Nueva Orleáns, ciudad portuaria en la costa sur de los Estrados Unidos y la mayor del estado de Louisiana.

Según el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de los Estados Unidos (HUD, por sus siglas en inglés), la acción forma parte de un proyecto llamado a convertir zonas urbanas con elevados índices de delincuencia, en complejos residenciales modernos. La alcaldía, por su parte, también anuncia su intención de crear “zonas verdes” en esos espacios.

Solo que los núcleos familiares que habrán de perder sus viviendas son afronorteamericanos de bajos ingresos y quienes irán a poblar los elegantes complejos residenciales y disfrutar de las áreas verdes serán familias blancas de mayores ingresos.

Inicialmente, Katrina causó daños a la ciudad de Nueva Orleáns, pero no la devastó. Sin embargo, poco después los diques del lago Pontchartrain y varios canales se reventaron, y un caldo tóxico de agua contaminada inundó las calles, así como miles de casas y hasta más allá del segundo piso de los edificios altos. Decenas de miles de personas, casi todas negras y pobres, debieron luchar por la supervivencia en las peores condiciones de abandono oficial. Se calcula que 300,000 familias quedaron sin techo.

Se dice que menos de la mitad de los habitantes de Nueva Orleáns que se vieron obligados a emigrar ha logrado regresar. Aún hoy, vecinos de los barrios de Treme, Gentilly, Seventh Ward, Uptown, East, el mundialmente famoso Ninth Ward y varios otros se encuentran dispersos por todo el país. Solo en el estado de Texas hay 200,000 de ellos.

La destrucción de la vivienda pública es un fenómeno actual en ciudades de todos los Estados Unidos y empezó antes de Katrina. En realidad, se trata de una política que integra tanto la ideología neoconservadora como la neoliberal, orientadas ambas a reducir los programas y servicios sociales que presta el Estado.

En 1996, había 13,694 apartamentos de vivienda pública en Nueva Orleáns. Ya antes de Katrina se había demolido más de la mitad de éstas y existía un plan para eliminar el 85%. En agosto de 2005, poco antes de Katrina, HUD informó que había 7,381 apartamentos de vivienda pública en la ciudad y, menos de un año después, a raíz de la tormenta, dijo que quedaban apenas mil apartamentos útiles y prometió que otros mil serían reparados, la mayoría de los cuales para proyectos de “ingreso compartido” que necesariamente excluirían a muchas personas de bajos ingresos, desvalidas o muy ancianas que vivían en apartamentos subvencionados y quedarán sin posibilidades de regresar por falta de solvencia económica, incluso si HUD cumpliera la promesa de reparar el millar de viviendas.

Altos funcionarios del gobierno de George W. Bush han confirmado que la intención de la Casa Blanca ha sido la de aprovechar la tragedia para acelerar el proceso de blanquear el color de la piel de los pobladores de Nueva Orleáns. Después del huracán, Richard Baker, un congresista republicano de Baton Rouge, capital del estado de Louisiana, dijo: “Por fin se ha limpiado la vivienda pública de Nueva Orleáns. No lo pudimos hacer nosotros, pero Dios lo hizo”.

Las autoridades prometieron reconstruir y restaurar la ciudad, pero en realidad sus esfuerzos se han dirigido a transformarla. El desplazamiento en masa ha cambiado la población de la ciudad: hoy es mayor, más blanca y más acomodada. Los afroamericanos, los niños y los pobres no han regresado debido a la escasez de viviendas al alcance de sus ingresos pecuniarios.

Es evidente que se quiere impedir que vuelva a la ciudad gran parte de la población negra que le diera su carácter distintivo y apenas queden aquellos imprescindibles para mantener el atractivo turístico de la vieja Nueva Orleáns.

Las escuelas públicas no fueron reabiertas, dejaron de ser gratuitas y han sido convertidas en escuelas por contrato. Varios centros asistenciales de salud pública -como el mayor de ellos, el Charity Hospital- fueron cerrados con carácter indefinido.

La idea de aprovechar un desastre para imponer una privatización radical en las condiciones de un Estado deliberadamente debilitado, es precisamente lo que Naomi Klein, la talentosa periodista y escritora canadiense, identifica como capitalismo del desastre o doctrina del choque.

El caso Nueva Orleáns es un ejemplo exacto de ello porque el hundimiento de la ciudad no fue en realidad un desastre natural sino que resultó en verdad del abandono sistemático de la esfera pública en respuesta a la instrumentación de una ideología bien definida.

Tras veinticinco años de desatención de la estructura del Estado, los servicios públicos y todos los sistemas de administración se hicieron frágiles y débiles hasta que la situación se hizo irreversible porque su rectificación se convirtió en prohibitiva dado el multibillonario costo por concepto de reparación o reconstrucción de carreteras, puentes, diques y otros objetivos estructurales de la economía y los servicios que sería necesarios acometer.

Naomi Klein lo ha explicado más o menos así: Es como una especie de tormenta perfecta. Primero se debilitan los poderes públicos con recursos de la ideología y, cuando surge el desastre, éste es utilizado como excusa para terminar la tarea y privatizarlo todo. Es la tragedia lo que propicia la oportunidad para reorganizar el Estado, es decir, para eliminarlo.

Vía: Kaos en la Red

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