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Tomarse en serio la capacidad para sentir… [Artículo de Gary L. Francione]

En 1993, un grupo de académicos colaboraron en un libro de ensayos titulado El Proyecto «Gran Simio» (PGS). El libro iba acompañado de un documento titulado: Declaración de los grandes simios, al que se sumaron los colaboradores. La declaración afirmaba que los grandes simios «son los parientes más cercanos de nuestra especie» y que esos no humanos «Poseen unas facultades mentales y una vida emotiva suficientes como para justificar su inclusión en la comunidad de los iguales».

Ya en el año 2006, el grupo parlamentario socialista expresó su apoyo a los esfuerzos de aquellos que promueven el reconocimiento legal de derechos para los grandes simios. La idea que hay detrás de estos esfuerzos es que debemos brindar a los grandes simios ciertos derechos fundamentales, dado que son genéticamente similares a los humanos y poseen características consideradas exclusivamente humanas, tales como la autoconsciencia, el pensamiento abstracto, las emociones y la habilidad para comunicarse mediante un lenguaje simbólico.

Yo colaboré en el PGS y fui uno de los primeros signatarios de la Declaración de los grandes simios. Sin embargo, en mi ensayo del PGS y en mayor extensión en mi obra posterior, he expresado la idea de que nuestro reconocimiento del estatus moral y legal de los animales debería estar basado únicamente en que ellos, al igual que nosotros, son sintientes. Ellos pueden sentir dolor; pueden sufrir. No se necesita ninguna otra característica.

La idea de que el estatus moral requiere de ciertas características cognitivas, tales como la racionalidad, el pensamiento abstracto o la habilidad para usar el lenguaje, incurre en una petición de principio. Incluso si asumimos que los animales no poseen estados de intención equivalentes —una suposición que es en si misma cuestionable bajo la teoría de la evolución, según la cual las diferencias entre humanos y no humanos son cuantitativas y no cualitativas—, ¿por qué esas diferencias son mejores en un sentido moral?

¿Por qué la habilidad para las matemáticas o el uso de comunicación simbólica, es moralmente mejor que la habilidad para volar, respirar bajo el agua o cualquier otra característica que los no humanos poseen y los humanos no? Asumimos que nuestras habilidades son moralmente más valiosas que sus habilidades. Sin embargo, no existe ninguna justificación para defender esta postura excepto que nosotros lo decimos así y es en nuestro interés hacerlo de ese modo.

Además, incluso si todos los animales no humanos careciesen de una particular característica cognitiva —más allá de la capacidad para sentir—; o la poseyesen en menor grado o de forma diferente a los humanos, esa diferencia no podría justificar que les tratemos como objetos. Puede ocurrir que las diferencias entre humanos y no humanos sean relevantes para otros propósitos. Por ejemplo, nadie defiende que los animales deban conducir automóviles o ir a la universidad. Sin embargo, tales diferencias no guardan relación ni justifican el uso de no humanos como alimento o en experimentos.

Esta apreciación queda clara cuando hablamos únicamente del ser humano. Cualquier característica que identifiquemos como exclusivamente humana será poseída en menor grado por algunos humanos y estará completamente ausente en otros. Algunos humanos tendrán exactamente la misma carencia que atribuimos a los no humanos. Esta carencia en algunos seres humanos puede ser relevante para algunos propósitos, pero no para el de esclavizarlos o tratarlos como mercancías sin valor inherente.

Consideren la característica de la autoconsciencia. Todo ser sintiente debe ser autoconsciente dado que ser sintiente significa ser la clase de individuo que reconoce que es ese individuo, y no ningún otro, el que está experimentando dolor o angustia. Tal y como el biólogo Donald Griffin explicó, si los animales son conscientes de algo —y claramente lo son— el cuerpo del animal y sus acciones deben quedar dentro del ámbito de su consciencia perceptiva y por tanto, negar a los animales algún grado de autoconsciencia supondría una restricción arbitraria e injustificada.

Como he argumentado en mi propio trabajo, cuando un perro siente dolor, experimenta un estado mental que le dice: ‘este dolor me está ocurriendo a mí’. Para que el dolor pueda existir, algún ser consciente —alguien— debe percibir que le está ocurriendo a él y debe preferir no experimentarlo.

Pero incluso si requerimos la autoconsciencia en el sentido peculiarmente homocéntrico de aquella habilidad para reflexionar sobre pensamientos, muchos seres humanos tales como aquellos con discapacidad mental severa, carecen de autoconsciencia. La carencia del tipo de autoconsciencia que atribuimos a adultos humanos normales puede ser relevante para algunos propósitos. Podemos, por ejemplo, no estar dispuestos a aceptar que una persona con discapacidad psíquica grave conduzca un vehículo de motor. Sin embargo, la carencia de este tipo de autoconsciencia en ciertos humanos no guarda relación con si deberíamos, por ejemplo, usarlos en dolorosos experimentos biomédicos.

Sea cual sea la característica que elijamos, algunos humanos la poseerán en menor grado que algunos no humanos e incluso algunos humanos presentarán una carencia absoluta de la misma. La carencia de esta característica puede ser relevante para algunos propósitos, pero no justifica el trato de un ser humano sintiente como un objeto cuyos intereses fundamentales pueden ser ignorados si nos beneficia hacerlo.

El peligro del PGS y de la resolución gubernamental es que conducen a la conclusión de que los únicos animales que importan moralmente son aquellos que son «como nosotros» en algún modo que va más allá de la capacidad para sentir. No existe una justificación lógica para llegar a esa conclusión. De hecho, la única justificación que tenemos para usar a los animales es que nosotros somos humanos y ellos no. Pero esta afirmación es similar a la que arguye que nosotros somos blancos y ellos no; o que nosotros somos hombres y ellas no; o que nosotros somos heterosexuales y ellos no. En resumen, el especismo —la exclusión de los animales de la comunidad moral— no posee mejores fundamentos que el racismo, el sexismo o la homofobia.

Afirmamos que nos tomamos en serio los intereses de los animales y aseguramos que está mal infligir sufrimiento «innecesario» a los animales. Sin embargo, la inmensa mayoría del uso que hacemos de los animales no puede ser calificado como «necesario» en ningún sentido coherente de la palabra. No es necesario comer animales ni cazarlos ni usarlos como entretenimiento. Y no podemos justificar nuestro uso de animales en el campo de la experimentación porque nunca creeríamos apropiado que, en ese campo, se usasen a aquellos humanos que están en situación similar a los no humanos.

Indudablemente, debemos abolir la explotación que hacemos de los grandes simios, pero las bases morales de esta conclusión no tienen nada que ver con si sus mentes son «similares a las nuestras» en algún sentido homocéntrico. Tal y como el filósofo británico Jeremy Bentham expresó, «un perro o un caballo adulto es, más allá de toda comparación, un animal más racional, además de un animal más comunicativo, que un bebé de un día, de una semana o incluso de un mes. Pero suponiendo que no fuese así, ¿qué diferencia supondría? La cuestión no es ¿pueden razonar? ni ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?»

Vía: Portal del Medio Ambiente

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