Escrito por

Año trágico para los gorilas de montaña

Cuarenta años después de que la famosa Dian Fossey comenzara a estudiar a los gorilas de montaña, esta especie en peligro de extinción vive en Congo amenazada por los grupos armados y por la lucha por los recursos naturales.

Los mataron a tiros. Y dejaron sus cuerpos intactos. En la peor masacre de gorilas de montaña que se recuerda en al menos tres décadas en el este de la República Democrática de Congo (RDC) murieron seis de los doce miembros de una familia llamada Rugendo. Esta vez, nada apuntaba a los motivos que habitualmente han estado detrás de los ataques contra esta especie amenazada de la que sólo quedan 700 ejemplares en el mundo.

Ninguna mano cortada para ser convertida en trofeo. Ningún bebé gorila secuestrado para su venta clandestina. Las razones parecen ser más complejas. Pero con las cifras en la mano –diez gorilas muertos y dos desaparecidos en lo que va de año– las organizaciones de conservación coinciden: la situación puede calificarse, sin duda, como una emergencia. “No hay palabras para describir lo que sentimos. Estamos en estado de shock”, contaban los guardas forestales del Congo el 23 de julio, día en que se hallaron los cadáveres de cuatro ejemplares. Lo hicieron en un blog que mantienen en medio de la selva desde enero, gracias a un satélite y un ordenador provistos por la organización WildlifeDirect.

Otros ataques se han cobrado la vida de uno o dos ejemplares. Pero la muerte de seis en un solo golpe es insólito. El pasado 24 de septiembre se cumplieron 40 años desde que la famosa Dian Fossey montó su campamento en la vecina Ruanda para investigar a los gorilas de montaña. Fossey arrojó luz sobre aspectos desconocidos del comportamiento de esta especie. Asesinada en 1985, su pasión por los primates fue contada en la película Gorilas en la niebla.

En su vida y en su muerte, uno de los mayores logros de Fossey fue dar una enorme visibilidad a la causa de la protección de los gorilas y sensibilizar sobre la importancia de preservar esta especie”, estima Robert Muir, de la Sociedad Zoológica de Frankfurt. “Sin embargo, en la actualidad estamos en medio de una gran crisis. Esta última matanza ha sido una enorme llamada de atención. Sabemos que si no hacemos algo al respecto, podemos perder a los gorilas para siempre”, añade Muir.

Un “milagro de la conservación”

A pesar de las dos guerras en los años 90 en las que se estima que han muerto cuatro millones de personas en Congo, un censo llevado a cabo en 2004 mostró que la población de gorilas de montaña se había incrementado un 17% en los últimos 15 años, fecha del último censo, pese al conflicto y a los cazadores furtivos.
Es lo que Emmanuel de Merode, director de la organización WildlifeDirect, que recauda fondos a través de Internet para proteger los parques nacionales de Congo, llama “uno de los mayores milagros del siglo en el mundo de la conservación”.

Tres países –Ruanda, Uganda y Congo– comparten las regiones volcánicas donde viven los 700 gorilas de montaña que quedan en el mundo. En Congo, unos cien ejemplares habitan en un sector de 250 kilómetros cuadrados, del total de 8.000 que forman el Parque Nacional de Virunga, en la provincia de Kivu Norte. Creado en 1925, el parque fue la primera área protegida de África y es Patrimonio de la Humanidad desde 1979.“Virunga es uno de los parques más importantes del mundo, con un número altísimo de especies de mamíferos, reptiles y aves, tres especies de simios y animales endémicos como el okapi. Pero está en una zona muy volátil, en el epicentro de todos los conflictos de los últimos 15 años en la región”, explica De Merode.

Aquí llegaron en 1994 un millón de refugiados hutus ruandeses huyendo de su país tras la toma del poder por los rebeldes tutsis que pusieron fin al genocidio. Aquí se originaron las dos guerras que desangraron Congo en los 90. Y aquí siguen presentes, pese al fin oficial de la guerra en 2003, grupos armados que se enfrentan regularmente al Ejército congoleño. Para otras especies, el conflicto armado y la presión de la población sobre los recursos naturales han tenido un coste fatal. De los 30.000 hipopótamos que había en el Parque de Virunga antes de la guerra (un 20% de la población mundial), hoy quedan 300. Los elefantes han pasado de 4.500 a 250. Hasta ahora, los gorilas se habían salvado. Pero todo ha cambiado este año.

Enero: dos espaldas plateadas, como se conoce a los machos de mayor edad que lideran cada familia, fueron asesinados por rebeldes; una hembra desapareció. Junio: una hembra muere y otra desaparece. Julio: se hallan los cuerpos de cuatro miembros de la familia Rugendo. Senkwekwe, el espalda plateada, de 220 kilos, y tres hembras, Neza, Mburanumwe y Safari, de unos cien kilos cada una. Atados a improvisadas camillas, como crucificados, los cadáveres atravesaron las colinas a hombros de un grupo de aldeanos que los llevó hasta un poblado cercano. Más de 70 personas fueron necesarias para transportarlos.

Al rescate del bebé

“Nos llamaron con la noticia y nos contaron que Ndeze, la cría de tres meses de Safari, había sobrevivido, pero al no poder ser amamantada estaba en peligro”, recuerda David Gardner-Roberts, del Proyecto Veterinario de Gorilas de Montaña, con base en la vecina Ruanda. “Partimos de inmediato en su busca”, añade.
El equipo de rescate encontró a los supervivientes de la familia Rugendo al día siguiente.

“Había tres machos jóvenes y dos adolescentes. Ndeze iba a hombros de uno de los machos, que la protegía. Es un grupo habituado a los humanos, pero ese día estaban muy nerviosos y huían de nosotros sin parar”. Después de tres horas, los veterinarios lograron disparar una inyección de anestesia al macho y arrebatarle a la pequeña huérfana.

“Enseguida tomó el biberón y se bebió la botella de leche entera. Debía de llevar varios días sin alimentarse y tenía mucha hambre. Esperábamos encontrarla deshidratada, pero nos sorprendió en qué buena forma estaba. Eso sí, esa noche no paró de llorar y gritar”, cuenta Gardner-Roberts. Semanas después fueron hallados los restos de otra hembra, cuyo bebé se da por muerto, elevando a seis las muertes en la familia Rugendo.

Y el pasado 25 de septiembre, los guardas hallaron el cadáver de una joven hembra muerta, en una operación contra una red sospechosa de tráfico ilegal, que se cree mantiene cautivo a otro gorila. Dos sospechosos han sido detenidos. “Claro que lloré. Como todos. Lo que más rabia me da es lo absurdo de esas muertes”, recuerda hoy Paulin Ngobobo, guarda forestal y uno de los principales autores del blog.

“El ataque contra la familia Rugendo fue premeditado. Y no de un individuo, sino de una red con potentes intereses económicos. En los últimos años se ha creado un gran negocio en torno a la producción de carbón vegetal”, dice Ngobobo, quien ha recibido numerosas amenazas de muerte por la incansable campaña que ha llevado a cabo para impedir la tala ilegal de árboles que alimenta dicho negocio.

La población de Goma, la principal ciudad de Kivu Norte, ha pasado en pocos años de 500.000 a 800.000 personas y se estima que en 2012 su perará el millón de habitantes. Más de 100.000 familias pobres utilizan como combustible el carbón vegetal y consumen 1,2 millones de bolsas de 40 kilos al año. A un precio de 20 a 22 dólares por bolsa, el carbón vegetal supone una industria de cerca de 30 millones de dólares anuales. ¿De dónde sale la mayor parte del carbón vegetal? De los árboles teóricamente protegidos de Virunga. “Se está talando en el parque ilegalmente.

Hay individuos que están haciendo mucho dinero”, explica Muir, líder del proyecto en Congo de la Sociedad Zoológica de Frankfurt. “Pero jamás hubiéramos imaginado que irían a por los gorilas. En mi opinión, fue un intento de desacreditar a Ngobobo, responsable de la seguridad de los animales, forzando su traslado para de ese modo continuar con las actividades ilegales”, dice.“Es una emergencia, y en el futuro hay que asegurar que los gorilas son supervisados 24 horas al día”, estima Heidrun Simm, directora del programa congoleño de la Fundación Dian Fossey Internacional.

“Pero también hay que hacer un profundo análisis e identificar medidas preventivas para que esto no vuelva a ocurrir. Por ejemplo, hay que proveer alternativas a las actividades ilegales, como fuentes de energía diferentes del carbón vegetal”.Organizaciones como el Proyecto Gran Simio apuntan a una población no sensibilizada sobre la importancia de los gorilas y cuya prioridad tener un plato de comida a diario.

Rebeldes en la zona

El nuevo guarda mayor del sector sur del parque, Norbert Mushenzi, ha diseñado un plan de emergencia que incluye aumentar la vigilancia y dotar de más medios logísticos a los 700 guardas que custodian el parque, a veces con un solo vehículo operativo para vigilar cientos de kilómetros. Más de 100.000 dólares recaudados por organizaciones de conservación lo financiarán durante tres meses. Pero queda por ver qué pasará después. Incluso con un aumento significativo de la vigilancia, el peligro para los gorilas persiste debido a la presencia de grupos armados en la zona.

Miles de personas fueron desplazadas por los enfrentamientos de abril cerca de Rutshuru. Y desde finales de agosto, soldados del general disidente Laurent Nkunda se enfrentan al ejército congolés. Los rebeldes han ocupado la parte del parque nacional donde viven los gorilas, exponiéndolos al fuego cruzado o, simplemente, al hambre de la tropa. “Los rebeldes han consolidado sus posiciones en el Sector de los Gorilas.

Almacenan provisiones. Han traído ganado. Esto no es bueno porque significa que tienen intención de quedarse. Lo que significa que no podemos hacer nuestro trabajo”, se quejaban los guardas el pasado 19 de septiembre en su blog. En varios intentos de entrar a supervisar a los gorilas, los guardas fueron expulsados por los rebeldes.La pequeña Ndeze está siendo cuidada en Goma, donde permanecerá bajo cuarentena cinco años, hasta que pueda reintegrarse a otro grupo de gorilas.

Pero el futuro de la familia Rugendo no es alentador. “Todavía desconocemos mucho sobre el comportamiento de los gorilas pero, siendo genéticamente tan parecidos a nosotros, sólo puedo imaginar que una masacre como ésta y la desaparición de su líder es un completo desastre para la familia. Estoy convencido de que, al igual que los humanos, son capaces de experimentar el sentimiento de la pérdida”, dice Muir. De Merode es tajante y pesimista: “Creo que el grupo acabará desintegrándose”.

Vía: Publico.es

Lo más interesante
Top 6
artículos
Síguenos